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Cómo guardar el queso para que no se reseque: guía por tipo de queso

Autoría: Lucía Serrano, Redacción

Cómo guardar el queso para que no se reseque: guía por tipo de queso

El queso es uno de esos alimentos que se estropean por exceso de celo: lo envolvemos mal, lo metemos en un cajón sin ventilación o lo dejamos demasiado cerca del congelador y, en pocos días, la superficie se agrieta y pierde toda su jugosidad. La buena noticia es que el resecado casi siempre se puede evitar con el envoltorio adecuado, la temperatura correcta y algo de sentido común según el tipo de queso que tengas en la nevera.

Por qué se reseca el queso en la nevera

El queso se reseca porque pierde humedad hacia el aire que lo rodea, y ese proceso se acelera cuando el envoltorio no protege bien o cuando la nevera tiene un ambiente demasiado seco. Cada corte expone más superficie al aire, así que las piezas ya empezadas son las que más sufren.

El fenómeno tiene dos caras. Por un lado está la deshidratación superficial: la corteza expuesta se endurece, se agrieta y, en los quesos blandos, puede oscurecerse. Por otro lado está el problema contrario, la humedad excesiva por un envoltorio hermético que no deja “respirar” al queso, lo que favorece mohos no deseados. El objetivo no es sellar el queso al vacío absoluto, sino encontrar un envoltorio que retenga algo de humedad sin ahogarlo.

También influye la zona de la nevera. Los compartimentos más fríos, cerca de la pared trasera o del evaporador, tienen más movimiento de aire seco y frío, lo que reseca los alimentos con más rapidez. Por eso el queso conviene guardarlo en el cajón de verduras o en una zona intermedia, nunca pegado a la pared del fondo.

Un trozo de queso parmesano cortado sobre una tabla de madera, con lonchas finas junto a él y su envoltorio en el fondo.

Qué envoltorio usar según el tipo de queso

No existe un envoltorio universal: el papel que funciona de maravilla con un queso curado puede asfixiar a uno fresco o secar en exceso a uno azul. Conviene adaptar el material a la textura y al grado de maduración.

Quesos curados y semicurados (manchego, parmesano, gruyer)

Estos quesos tienen poca agua y una corteza más resistente, por lo que aguantan bien envueltos en papel para quesos (ese papel especial de doble capa, con una cara más permeable y otra encerada) o, en su defecto, en papel vegetal seguido de una capa suelta de film o de una bolsa de plástico sin cerrar del todo. La clave es que el papel deje pasar algo de aire mientras la capa exterior evita que se seque en exceso. Envolver un curado directamente en film transparente pegado a la superficie tiende a concentrar humedad en el corte y favorece mohos superficiales, aunque el interior sea firme.

Si guardas una cuña grande, corta solo la porción que vayas a consumir en pocos días y conserva el resto de la pieza con más corteza intacta: cuanta menos superficie de corte quede expuesta, menos se resecará.

Quesos frescos (burgos, mozzarella, requesón, queso de untar)

Los quesos frescos llevan mucha agua y se comportan de forma casi opuesta a los curados: aquí el riesgo mayor no es que se resequen por fuera, sino que pierdan jugosidad si el envase no retiene la humedad propia. Lo mejor es conservarlos en su propio suero o líquido de gobierno dentro de un recipiente hermético, o bien en un táper cerrado si no llevan líquido. Una vez abierto el envase original, cámbialo a un recipiente con cierre hermético y consúmelo en pocos días.

Quesos azules (cabrales, roquefort, gorgonzola)

Los azules necesitan cierta ventilación porque son quesos vivos, con cultivos de moho que siguen su actividad. Envueltos en papel de aluminio suelto (no apretado) o en papel para quesos, conservan mejor su textura cremosa sin acumular exceso de humedad. Evita el film pegado directamente a la pasta azul: tiende a intensificar olores y a apelmazar la miga en la superficie de corte.

Quesos de cabra y con corteza blanda (camembert, brie, rulo de cabra)

Estos quesos de corteza enmohecida necesitan respirar para que la corteza mantenga su función protectora. El papel específico para quesos vuelve a ser la mejor opción; si no tienes, un envoltorio de papel vegetal con una capa exterior de papel de aluminio, sin apretar, funciona razonablemente bien. Un error habitual es meterlos en una bolsa de plástico bien cerrada: la corteza se ablanda de más y el interior desarrolla sabores amoniacales antes de tiempo.

Queso rallado o loncheado

Al estar más fragmentado, este formato tiene mayor superficie expuesta y se reseca antes que una pieza entera. Guárdalo en un recipiente hermético o en una bolsa con cierre, retirando el aire todo lo posible, y consúmelo en un plazo más corto que el resto de formatos.

Una tabla de madera con una variedad de quesos curados y blandos, incluyendo cuñas y trozos de queso azul, acompañados de uvas.

Dónde colocar el queso dentro de la nevera

El queso debería ir en el cajón de verduras y hortalizas o en un estante intermedio, porque esas zonas mantienen una temperatura algo más estable y menos aire seco circulando que la parte trasera o los estantes superiores cerca del motor. Muchas neveras modernas incluyen un cajón específico para quesos y embutidos, con una humedad algo mayor que el resto del electrodoméstico; si el tuyo lo tiene, es el lugar idóneo.

Conviene evitar la puerta de la nevera para el queso, ya que es la zona con más fluctuaciones de temperatura por la apertura constante, algo que favorece tanto el resecado como el desarrollo de mohos no deseados en los quesos frescos. Si quieres comparar las prestaciones de humedad y estabilidad de temperatura entre distintos modelos de frigorífico antes de comprar uno nuevo, las guías comparativas de la OCU sobre frigoríficos son un buen punto de partida.

En cuanto a temperatura, el queso se conserva bien en el rango habitual de un frigorífico doméstico, generalmente entre 2 y 8 grados según la zona del aparato. Los quesos frescos conviene mantenerlos en la parte más fría dentro de ese rango, mientras que los curados toleran mejor las zonas algo más templadas del cajón de verduras.

Errores frecuentes que aceleran el resecado

Envolver el queso en film transparente pegado directamente a toda la superficie es, probablemente, el error más habitual: impide la mínima transpiración que necesita la corteza y, paradójicamente, acaba favoreciendo tanto el resecado del interior con el tiempo como la aparición de humedad y moho en la superficie de contacto. El plástico también suele transferir su propio olor al queso si se deja demasiado tiempo.

Otro error común es dejar el queso fuera de la nevera durante horas, por ejemplo tras una comida, pensando que “ya se ha acostumbrado a la temperatura ambiente”. El queso a temperatura ambiente pierde humedad con rapidez, sobre todo si está cortado, y además entra en un rango de temperatura donde el desarrollo microbiano es más rápido. Lo prudente es no dejarlo fuera más de un par de horas y devolverlo a la nevera bien envuelto en cuanto termine la comida.

Guardar el queso junto a alimentos de olor intenso, como cebolla, ajo o algunos embutidos curados, tampoco reseca el queso en sí, pero sí altera su sabor: el queso absorbe olores con facilidad porque es un producto graso y algo poroso. Convive sin problema con el cajón de verduras, siempre que esté bien envuelto.

Por último, cortar más cantidad de la que se va a consumir de inmediato multiplica la superficie expuesta al aire de forma innecesaria. Si sabes que vas a tardar varios días en terminar una cuña grande, mejor cortar solo raciones pequeñas cada vez y mantener el resto de la pieza lo más entera posible.

Un bloque de queso envuelto en papel, cortado con un cuchillo sobre una tabla de madera.

Si además sueles guardar embutidos en la nevera, te interesa Cómo conservar el jamón serrano una vez empezado sin que se seque ni pierda sabor, con trucos muy parecidos para evitar que se seque.

¿Se puede congelar el queso sin que pierda textura?

Se puede, pero no todos los quesos lo toleran igual: los curados y semicurados aguantan razonablemente bien la congelación, mientras que los frescos y los de pasta blanda suelen perder textura y quedar más granulosos al descongelar. La congelación es un recurso de última instancia, no la forma habitual de conservar queso.

Si decides congelar, corta el queso en porciones que vayas a usar de una sola vez, envuélvelo bien (papel film seguido de una bolsa de congelación con el aire extraído) y descongélalo siempre en la nevera, nunca a temperatura ambiente ni en el microondas. El queso rallado se comporta razonablemente bien congelado y es útil para cocinar, aunque no para servir en tabla de quesos, dado que la textura cambia de forma perceptible.

Preguntas frecuentes

¿Por qué mi queso se pone duro y agrietado aunque esté en la nevera?

Prácticamente siempre se debe a un envoltorio que no retiene suficiente humedad, a una zona de la nevera con demasiado aire frío y seco (como la pared trasera), o a que la superficie de corte ha quedado expuesta al aire mucho tiempo. Cambiar a papel para quesos o papel vegetal y recolocarlo en el cajón de verduras suele resolverlo.

¿Se puede guardar el queso en un táper de plástico?

Sí, especialmente los quesos frescos, que se benefician de un ambiente algo húmedo y cerrado. Para los curados y los de corteza blanda es mejor envolverlos primero en papel y después meter ese paquete en el táper, en lugar de dejarlos sueltos, para que no acumulen demasiada humedad ni se aplasten.

¿El papel de aluminio es buena opción para conservar el queso?

Funciona razonablemente bien, sobre todo para quesos azules y de corteza blanda, si se envuelve sin apretar en exceso. Para quesos curados suele preferirse un papel específico para quesos o papel vegetal, porque el aluminio en contacto directo y prolongado puede alterar ligeramente el sabor de algunas variedades.

¿Cuánto dura el queso una vez abierto en la nevera?

Depende mucho del tipo: los quesos frescos suelen aguantar solo unos días, mientras que los curados bien envueltos pueden mantenerse en buen estado durante varias semanas. Si aparece moho en un queso curado, normalmente basta con retirar esa zona con un margen generoso; en los quesos frescos, ante cualquier moho o cambio de olor, lo prudente es desecharlos. Ante la duda sobre el estado de un alimento, conviene consultar las recomendaciones de higiene alimentaria de la AESAN.

¿Es mejor comprar el queso ya cortado o en pieza entera?

Si el consumo va a ser lento, una pieza entera con más corteza intacta se conserva mejor que varias porciones ya cortadas, porque presenta menos superficie expuesta al aire. Para consumo rápido, comprar la cantidad justa ya cortada evita generar sobras que acaben resecándose en el fondo de la nevera.

Fuentes